Foto tomada de la cuenta de Twitter del Cuerpo de Bomberos de Guayaquil

¿Cómo se vive una catástrofe cuando uno está lejos?

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Mientras mi mamá se arrastraba junto a la mesa del comedor para protegerse, yo dormía. Mientras ella temblaba viendo cómo los cuadros se caían de las paredes, los floreros y adornos de las mesas —y escuchando un escándalo de vidrios, lozas y aluminios en la cocina— yo dormía. Me enteré horas después, gracias al mensaje que un amigo —otro ecuatoriano lejos de casa— me había dejado. Me preguntaba cómo estaban los míos. Yo no entendí. Así que fui a las redes sociales.

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Ahí supe que, cerca de la casa de mi mamá, estaba el epicentro de un terremoto de 7.8 grados. Mi mamá vive hace ocho años en Portoviejo, la capital de una de las provincias costeras del Ecuador. El epicentro del terremoto había sido a pocos kilómetros, en una pequeño cantón llamado Pedernales que —según los reportes de prensa y de las autoridades— está completamente destruido. La llamé sin pensar en qué hora era en Ecuador. Ella ya había pasado el susto, secado sus lágrimas, recogido algo del desastre, encontrado velas y fósforos, salido a la calle a esperar las réplicas, hablado con sus vecinos, consolado por teléfono a su hermana, regresado a casa y conseguido conciliar el sueño después de las dos de la mañana. La desperté. Allá aún era de madrugada. Al contarme lo que había pasado, volvió a llorar. Aún estaba oscuro, no sabía dónde estaban las grietas en las paredes de su casa. Sólo sabía, y eso la consolaba, que ni sus hermanos ni sus sobrinos habían sufrido más que un susto. Y me contó sobre las tristezas de sus vecinos, las noticias que les llegaron sobre el centro en pedazos, edificios que desaparecieron, un puente cercano que se desplomó. La escuché y lloré en silencio. Vivir la tragedia a distancia te deja un absurdo sentimiento de culpa: ¿por qué no estoy allá, con ella? ¿por qué vivo en un país sin terremotos ni erupciones volcánicas?

Ser extranjero es vivir en una tierra ajena pero también significa no estar en la propia a la hora de las desgracias. Vivir las tragedias a distancia es, tal vez, una de las angustias latentes de todos los migrantes. Saber que no estamos ahí, mientras la gente que amamos sufre. Pasan angustia y no nos tienen para el consuelo o, aunque sea, para compartir el miedo. Cuando un grupo de islamistas radicales detonó bombas en Madrid, el 11 de septiembre de 2004, un español en Alemania recordaba la dimensión que cobró su ausencia durante esa tragedia. “Nosotros no estábamos aquí” —contaba en El Mundo— “Desde Alemania vivimos esos cuatro días sin más consuelo que las llamadas de nuestra familia”. Hace más de diez años, las redes sociales no existían com hoy y el contacto era aún más intermitente. Vanessa Terán, quien está estudiando en Nueva York, se siente frustrada: “es terrible porque al no estar ahí de cierta manera sientes que no puedes ayudar en nada y solo te llega toda esta información y cada kilómetro duele”. Isabela Ponce, editora de esta casa, está en Austin  (Estados Unidos) por un congreso de periodismo digital. Ella se sintió triste y angustiada cuando las fotos de las víctimas empezaron a circular en las redes sociales, pero también “un poco indignada por la indolencia”. Se tranquilizó algo cuando verificó con su familia y amigos si todos estaban bien, pero al día siguiente empezaron a llegarle las noticias de muertes de familiares de sus amigos o conocidos, quienes vivían en Manabí o estaban de vacaciones allá. Ella también siente que, a pesar de que como periodista está ayudando con sus publicaciones, le falta poder hacer algo más.  

Hoy, después de hablar con mi mamá, sentí muchas ganas de abrazar a Mark Zuckerberg: la mayoría de mis amigos  había confirmado ya en Facebook que estaban bien. De aquellos que no aparecían en la lista, descarté a los que están temporalmente fuera del país por becas o vacaciones, y empecé a rastrear a los otros. Al final me quedé tranquila: mis amigos estaban bien. Como me crié en Guayaquil y viví por varios años en Quito, casi todos mis amigos estaban en zonas donde hubo más susto que desdicha. Muchos de ellos, fotógrafos y periodistas, ya llevaban horas contando la tragedia.


Cuando estás lejos y no puedes abrazar a quien quieres, la tragedia te duele de una forma diferente. ¿Cómo puedes ayudar si no puedes poner manos a la obra? Enviar donaciones al consulado más cercano o depositar dinero en la Cruz Roja te sabe a poco. Quieres estar ahí, y ayudar a alguien. Conversar con alguna persona en busca de desahogarse del susto que se ha llevado. Llevar a los niños a jugar al parque, para que se olviden un momento de la tristeza y sus padres puedan poner en orden la cabeza. O simplemente quieres estar ahí para abrazar a tu mamá.

Sabrina Duque
Es periodista y escritora. Se fue de Guayaquil a Quito hace nueve años, por trabajo. Allá se enamoró del único brasileño que no sabe sambar y, por él, vive hace casi dos años en Lisboa, donde se acuerda de Guayaquil cada vez que pasa frente al río, se va a comer cangrejo (en singular, que el bicho es inmenso) o se compra unos verdes para hacer patacones. Tiene un blog, Visa Diplomática, donde cuenta su vida de gitana.