Fotografía de GkillCity

El terremoto ha revelado la relación de paternidad que tenemos con el país

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Hace un par de meses participé en un estudio sobre inmigración en Europa, el objetivo era determinar cómo se sentían tres colectivos de migrantes provenientes de India, Argelia y Ecuador. Uno de los aspectos que más llamó la atención del estudio fue que los ecuatorianos eran la única de las tres comunidades donde la mayoría quería volver a su país. Muchas veces cuando una persona emigra, lo hace enojado porque no encontró oportunidades, porque su vida allí no era buena o simplemente porque siente que el país no le daba lo que buscaba. Sin embargo, los migrantes ecuatorianos, aunque viven en países más desarrollados y muchos están allá con su familia, y muchas veces viven una mejor situación económica que la que tenían en Ecuador, no están enojados con su país, por el contrario muchos piensan volver a él. Ese vínculo de los emigrantes con el país, es una muestra de la relación de los ecuatorianos con el Ecuador.

Los días después del 16 de abril han sido duros y ver las escenas de destrucción y los dramas de miles de ecuatorianos después del terremoto son difíciles de superar. Para quienes estamos lejos, vivir la tragedia a la distancia ha sido una carga adicional porque más allá de lo que puedas donar y la información que puedas compartir por redes sociales, es poco lo que podemos hacer. La sensación de impotencia es profundamente deprimente. Y en ese continuo proceso de leer las reacciones de la gente, las infinitas iniciativas de ayuda en el país y fuera de él, he empezado a pensar en una idea un poco abstracta: ¿Qué significa Ecuador para los ecuatorianos? ¿Es ese significado distinto al que tienen otros países para sus ciudadanos?

A diferencia de otras naciones cuyos ciudadanos pueden sentir un gran vínculo con su país basados en el orgullo de proezas militares, su alto grado de desarrollo, un pasado imperial glorioso o la gran influencia que su país tiene en el mundo, los ecuatorianos tenemos poco de esto. Otras naciones basan su cohesión y sentido de identidad en altos grados de homogeneidad  étnica (Japón o Corea) o social (los nórdicos son un buen ejemplo), y una vez más, no es el caso del Ecuador. Y sin embargo cuando la naturaleza golpeó, nadie dudó, todos acudimos al llamado, todos sentimos la tragedia como propia. Cómo una sociedad tan heterogénea como la nuestra reaccionó de manera tan coordinada y rápida, es algo que no termino de entender.

Si lo que nos une no es un pasado glorioso o una sociedad homogénea, entonces ¿Qué es? ¿Por qué cuando la desgracia cayó en un rincón del Ecuador, la sentimos tanto en todas partes?  

Yo nunca he sido muy amigo del nacionalismo, básicamente porque detrás de este muchas veces se esconden las intenciones más bajas. El nacionalismo de países como Alemania, Rusia, Gran Bretaña o Japón ocasionó una lista conocida de tragedias, el patriotismo de los Estados Unidos se usa para justificar lo injustificable. A nivel más pequeño, el nacionalismo impide ver los errores de un país o mantener ideas que son nocivas para la sociedad pero que encuentran asidero en la justificación de lo “nacional”.

El “nacionalismo” en el Ecuador es distinto. Sí, existen ideas absurdas como aquella de que el himno nacional es “el segundo más bonito del mundo”, aunque en esto no estamos solos: he escuchado a ciudadanos de otros dos países afirmar lo mismo. Pero nuestro nacionalismo no es agresivo, no se basa en competir con otros países, no justifica ir a la guerra para implantar nuestras ideas. Lo que el ecuatoriano siente por el Ecuador es más parecido a lo que siente un padre cuando su hijo habla o  camina por primera vez, sabemos que otros niños hacen lo mismo, quizás inclusive lo hacen más pronto, simplemente nos alegra que el nuestro lo haga. No queremos que el país sea el mejor en todo, solamente queremos que sea mejor.

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Ecuador para los ecuatorianos es más que el espacio geográfico y político que caracteriza a un Estado-nación, un estado-nación que en nuestro caso muchas veces a lo largo de la historia ha sido incapaz de garantizar derechos básicos a sus ciudadanos. Pese a esto, los ecuatorianos parecen seguir aquella frase del expresidente estadounidense John F. Kennedy de no preguntarse lo que su país puede hacer por ellos, sino qué pueden hacer ellos por su país. Estos últimos días hemos visto extraordinarias muestras de lo que los ciudadanos pueden hacer por el Ecuador.

Siendo críticos con nosotros mismos, nuestro país a lo largo de su historia ha estado caracterizado por instituciones débiles, bajos niveles de educación y altos de pobreza. Sin embargo, siempre se puede contar con ese vínculo que une a Ecuador con su gente, vínculo que no encaja con la descripción de nacionalismo, vínculo que va más allá del concepto de patriotismo. Es un vínculo que solo puede compararse con lo que una persona siente por su familia. Quizás esa es la respuesta, porque sin importar cuántas veces nos decepcione, cuántas veces nos irriten sus errores, cuántas veces creamos que no tiene solución, cuántas veces Ecuador se caiga en pedazos, los ecuatorianos vamos a estar ahí para recogerlos.

Gonzalo Orellana
(Ecuador, 1981)

Economista, apasionado por las ciudades y lo bien que le hacen a la gente. Ciudadano del mundo, aunque irremediablemente ecuatoriano. Vive en Londres con una argentina y un inglés de cuatro patas.