El 16 de abril de 2016 ciudades enteras de las provincias de Manabí y Esmeraldas quedaron destruidas por un terremoto de 7,8 grados. El cuadro era desolador: muertos, desaparecidos, gente sin qué comer, ni dónde dormir. Esa misma noche la abogada Karla Morales, directora ejecutiva de la organización sin fines de lucro Kahre, escribió un tuit: al siguiente día ella iba a viajar a la zona de la catástrofe con ayuda, así que pedía que cualquiera que tuviese algo que donar para los afectados, se lo llevase a su casa para ella trasladarlo hasta Manabí. La respuesta fue rotunda: el primer día partió con 28 camiones de donaciones —agua, alimentos no perecibles, toallas, pañales, ropa, leche— y a partir de ese día hasta un año después del terremoto ha hecho cerca de 630 viajes con donaciones. Un año después, Morales y su equipo de treinta y cinco personas —entre staff de planta y voluntarios— sigue distribuyendo, identificando y pidiendo donaciones para que la zona afectada se recupere.

¿Cómo están los afectados del terremoto después de un año?

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Están bastante motivados, muy enfocados en retomar las actividades diarias pero están bastante expectantes. Como es una provincia que mayoritariamente votó por el gobierno actual en la candidatura de Lenín Moreno, están muy a la expectativa de lo que les va a llevar en razón de lo ofrecido. En zonas pequeñas hay gente muy desconsolada por las pérdidas con las donaciones, pero en las zonas más urbanas están muy expectantes en cuanto a lo que viene por el cumplimiento de las promesas electorales. Vi algo que me pareció extraño: estaban muy desesperados por trabajar pero cuando generabas las oportunidades muchos se conformaban con vivir en los albergues. Vivir en un albergue era cómodo y más digno en comparación con las condiciones en que vivían antes: hay seguridad militar, un comedor y áreas de aseo. Entonces quién iba a querer volver a una casa de caña donde no llegaba el agua si está en un albergue donde es asunto de otros tenerme el agua lista todos los días. El terremoto fue una radiografía de la condición en la que vivían muchísimas familias.

¿Todavía recibes donaciones?

Sí aunque han cambiado. En un principio había más alimentos, toallas, agua por ejemplo. Luego las donaciones mutaron y eran materiales de construcción, anaqueles para arreglar las casitas que les iban entregando a las personas que salían de los albergues, kits escolares para que empiecen el año escolar, bicicletas para transporte. A nivel de empresa privada es un aporte mucho más técnico: quieren ir a capacitar, entregar herramientas, dar materiales que les permitan descubrir nuevos talentos o potencializar los que ya tienen. Es una forma de ayudar diferente que no se limita a agua, comida, ropa.

Este cambio del tipo de donaciones ocurrió a partir de agosto porque los albergues ya estaban más establecidos, entonces ya las personas tenían dónde dormir y qué comer. Lo que pensábamos en ese momento era cómo ayudar a mejorar la escuela que habían iniciado clases en malas condiciones, a equipar las casitas que iban a recibir entre noviembre y diciembre, a que las personas se reactivasen laboralmente; entonces, los capacitamos o les entregamos herramientas para que puedan emprender.

¿Ha cambiado la cantidad de donaciones que reciben?

De julio a diciembre se redujo dentro del rango de lo normal: bajó la euforia, la noticia ya no estaba en todas las redes sociales, y la gente comenzó a pensar que el tema estaba superado, o que ya no hacía falta. Hemos medido tres tiempos: de abril a agosto hubo una avalancha de donaciones de alimentos, vestimenta, toallas en general; de agosto a diciembre se redujo en cantidad pero no en calidad porque si le das un valor, un material de construcción es mucho más caro que una botella con agua entonces quizás sí es un monto mayor pero la frecuencia sí era menor —si una persona damnificada recibía a diario en la etapa anterior, en esta vez era una por semana. El tercer momento se dio cuando el 19 de diciembre hubo una fuerte réplica en Esmeraldas y pedimos donaciones para llevar, y ya había empezado la campaña electoral. No llegó aboslutamente nada a nuestros centros de acopio en Guayaquil, pero a los de Quito sí. Entonces los donantes comenzaron a pensar en otras formas de ayuda, pero lo que sí ha sido bastante importante es cómo cambió todo el panorama de enero a acá.

Donaciones terremoto Ecuador

¿Por las elecciones de febrero y abril de 2017?

Sí, especialmente desde la primera y segunda vuelta electoral. Si uno dice ahora que Manabí necesita ayuda, de cada diez personas nueve te responden con insultos contra Manabí y una te responde que quiere ayudar.

¿Cómo los insultan?

Entre lo que más prima es que vayan a pedirle ayuda al gobierno por el que votaron. Por otro lado, te dicen que por qué piden si se supone que el gobierno les dio todo, que hay una Ley de Solidaridad  que es plata que tomó el gobierno, y que deberían pedirle directamente a Lenín Moreno. Y bueno y el grado del insulto también va en aumento. Ahora especialmente con las inundaciones tenemos que pedir ayuda, y la respuesta ya no es la positiva y solidaria del año pasado. Ahora es la respuesta de que para qué piden si fueron a lanzar atunes en Quito, para qué piden si votaron por Lenín, ahora que los ayude ese gobierno al que le dieron el voto. Se politizó tanto el asunto que la decisión libre y voluntaria de ayudar a Manabí se ha satanizado.

¿Y qué dicen las personas en Manabí sobre esto?

Si conversas con la mayoría de personas te van a decir que lo toman como que era normal, que no hace falta que vayas, que si les van a sacar en cara las cosas que ya no les den nada, que no los necesitan, pero eso realmente pasa en las zonas más urbanas. Si entras a las comunidades y a las zonas rurales te das cuenta que la posición es otra. Primero que quizás no están tan contaminados con la información que se produce en redes y, por otro lado, porque son mucho más transparentes: si de verdad necesitan te lo dirán, y con todo el amor del mundo lo recibirán.

¿Cuál es la reacción de las personas que reciben las donaciones?

Al comienzo recibían todo pero ahora se han hecho más selectivos y te lo devuelven o te dicen ‘¿Solo esto me da?’. Entonces se está formando algo que como organización nunca quisimos ni respaldar ni promover. Por eso cuando llegó el momento —porque las condiciones mejoraron— nosotros dejamos de entregar donaciones salvo casos urgentes porque se comenzó a producir esta especie de zona de confort o de cordón umbilical donde las personas decían “bueno, me tienen que dar porque es su obligación y yo tengo que decir qué quiero”. Se comenzó a crear una —puede sonar cruel la palabra— conducta medio de parásito: ‘Me dedico a vivir de lo que me traen, no necesariamente acepto todo y con más hostilidad exigo que me entreguen donaciones’. Porque ahora hay gente que hasta te insulta si no entregas las donaciones.

Entrega ayuda terremoto Ecuador

¿Qué porcentaje de gente todavía necesita donaciones versus la que dices que está en esta zona de confort?

Entre un 30 y  38% de toda la zona norte afectada de Manabí que es lo que baja de Pedernales hasta Tosagua, Bahía. El resto ya está más preparado para salir adelante, ya es cuestión de actitud.

¿Cuánto de las donaciones se destinó a Manabí y cuánto a Esmeraldas?

En Manabí hicimos 3 910 brigadas de ayuda humanitaria —compuesta por médicos, guías locales, psicólogos y voluntarios para distribuir kits familiares de asistencia— que benefició a entre 90 a 116 mil personas. En Esmeraldas calculamos que la ayuda estaba bordeando las 30 a 40 mil personas. Es casi la mitad. Hay esa diferencia porque hubo muchísimas donantes que nos pedían a nosotros ser el canal de ayuda pero su aporte estaba dirigido específicamente a Manabí: muchísimas personas nos decían expresamente “quiero que esto llegue llegue a Manabí”. Por eso hay cifras distintas entre una y otra provincia.

¿Cómo deciden cuánto distribuir por ciudad, cantón o provincia?

Lo hacemos por listas de vulnerabilidad. Cada vez que sale una brigada hay un voluntario que levanta información y establece el grado de vulnerabilidad de la familia afectada. Si identificamos que es una zona con una afectación más grave que otra o que su población es más vulnerable que otra entra en la lista prioritaria para la donación. Los primeros tres meses hicimos estas encuestas a diario y levantamos 3 960 en total. Ahora tenemos una encuesta por semana. Levantamos información como el estado de la vivienda, el número de miembros de la familia, la condición en la que se encuentra la vivienda, si le quedaron o no bienes que pueda rescatar, persona de contacto, entre otras cosas más. Así medimos también nuestra capacidad de ayuda.

Nosotros tenemos alrededor de cuarenta y ocho comunidades. Principalmente son los cantones de Sucre, Manta, Portoviejo, Bahía, Pedernales, Jama, Chamanga, Muisne. A estas ocho poblaciones en macro fuimos. A nivel micro, solamente desde cantón San Vicente a Jama. En total hemos podido atender a 136 212 personas aproximadamente en estas 48 comunidades.

Voluntarios descargan ayuda en Manabí

¿Cuánto recibieron en donaciones del sector privado?

En nuestro caso, las donaciones de víveres, agua, medicinas, vestimenta, carpas, mantas, linternas, productos de aseo, materiales de construcción, efectivo, están avaluados en cerca de 4 millones de dólares de abril a diciembre del 2016. De este total, aproximadamente un uno por ciento se dedica al presupuesto administrativo de Kahre.

¿De quién recibes más donaciones ahora?

Antes la sociedad civil era la protagonista. Hoy en día es la empresa privada.

¿Cómo ves a Manabí  y Esmeraldas después de un año del terremoto?

En diciembre haber visto que entregaban viviendas, que las personas salían del albergue era esperanzador y me motivaba a creer que el proceso de recuperación iba a ser menos lento de lo que pensaba. Porque a un año del terremoto, no podemos hablar de una recuperación total y todavía hay familias en albergues. Pero lo que no contemplabamos eran las consecuencias del invierno que te hacen en muchas zonas volver al día uno: volver a buscar carpas, volver a entregar agua, alimentos y ropa porque pierden mucho con las inundaciones. Pero en otras zonas sí puedes ir avanzando en el proceso post-terremoto.

¿Cómo se financia Kahre?

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La mayoría de personas que trabajan con nosotros son voluntarios porque nuestro staff pagado es de tres personas —un contador, director de proyectos, director de campo. A los voluntarios, les retribuimos su trabajo con colectas específicas de alimentos, generando trabajo local —por ejemplo, recién construimos un centro comunitario en Bahía de Caráquez y lo que hicimos fue contratar mano de obra local. Ahora estamos lanzando un plan de financiamiento para poder garantizar la sostenibilidad del trabajo con sponsors de empresas principalmente, además en la página web tenemos el botón de PayPal y nos llegan donaciones del extranjero de personas particulares que conocen nuestro trabajo y nos han contactado directamente. Tenemos una persona en Quito, un grupo de cuatro personas en la zona del terremoto, y el resto está en Guayaquil. Este último equipo viaja una vez por semana de dos a tres días para entregar donaciones o para evaluar.

¿Cuáles son sus siguientes pasos?

En las zonas con inundaciones estamos entregando donaciones como ropa y comida. En el resto estamos entregando centros comunitarios, abrimos el tercero ahora en Bahía, promovemos la capacitación y el acceso de herramientas a partir de espacios de encuentro de donativos y tenemos un stock de donaciones ahí pero lo entregamos de forma paulatina. Es mucho más responsable ya que las donaciones han disminuido, y vamos puerta a puerta a evaluar si es que es necesario, en base de acuerdo a las condiciones de cada familia. Nuestros lazos de cooperación con instituciones públicas y privadas nos permite garantizar que nuestros proyectos y programas sean sustentables hasta el 2018 en las zonas afectadas por el terremoto.

Lisette Arévalo Gross
(Ecuador, 1992)
Periodista. Amante del café, la literatura, la filosofía y el teatro. 
Editora junior en GkillCity.com.